Recuerdo cómo me gustaba corretear del sofá a la habitación, poner aquel disco y empezar a saltar en la cama. Cuando oía cómo se acercaba, me apresuraba a enredar las sábanas con el edredón y la manta y me escondía debajo de aquel bulto, similando que no estaba. Quizás tenía curiosidad por saber cómo era su vida sin mí, qué haría cuando yo no estuviese, pero tampoco contaba con no estar algún día.
Me escurría debajo de las sábanas cuando intentaba averiguar mi posición hasta que era irremediable. Casi siempre acababa haciéndome daño sin querer, como ahora.
Dicen que el amor es cosa de niños y yo, a ratos, lo interpretaba como un juego. He jugado muchas veces a las mentiras, las pruebas 'serias' que yo me inventaba para ver cuánto me quería.
Era divertido que todos esos juegos, escondites y travesuras desembocaran en una más grande, que las sábanas se desenredaran y me enredara con él, encima de ellas. A veces besándole, a veces besando las sábanas y a veces besando al aire... quedando sorprendida al descubrir que los besos en el aire habían aterrizado ya en mí, habían rebotado y habían vuelto a mi cara, a mi cuello o mi pecho.
Recuerdo otro juego, que se llamaba 'la discoteca'. Yo me escondía debajo de las sábanas otra vez pero esta vez jugaba a ser una desconocida - ¿Cómo te llamas?¿Vienes mucho por aquí?... Supongo que no iba tan desencaminada puesto que hay cosas que los niños saben hacer mejor y nunca acabas de conocer a las personas... quizás a veces hay que preguntar más de una vez el nombre de alguien.
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