lunes, 26 de enero de 2009

Piedra, papel o tijeras.

Soy como una galleta Oreo.
O un helado de tres sabores.
Lo que quiero decir es que tengo tres capas.
Soy fuerte, débil y fuerte. Por eso soy más una Oreo, o un corte de helado. Aparento ser fuerte, tengo mal carácter y eso siempre se asocia a una persona fuerte y resistente pero no lo soy. No creo que haya un sólo día en el que no sufra un pequeño rasguño dentro de mí. Soy como esos objetos lisos que tratas siempre de proteger de arañazos. Pero sobrevivo. Por eso creo que al final soy fuerte.

Sé que tendría que ser más fuerte, que tendría que evitar sufrir esos pequeños rasguños pero creo que en el fondo nos gusta sufrir. A mí me gusta, hasta cierto punto. Sin sufrimiento nos sentimos deshumanizados. Empatizamos normalmente con la gente que sufre, no con la que disfruta de la vida. Sí empatizamos, claro, pero menos. Muchísimo menos.

Por eso me gusta conservar mi fragilidad y disfrutar de esas pequeñas cosas que me hacen más humana, esa susceptibilidad porque en realidad, siempre sentí lástima de la gente que no es capaz de sentirse herida, o molestada, o aunque sea arrugar la frente, levantar las cejas y poner 'morritos'. Esos gestos y esas sensaciones son las que hacen que las sonrisas sepan mejor, sin duda.

miércoles, 21 de enero de 2009

67

Hoy me he imaginado el corazón de las personas como un autobús. No sé por qué. Ha sido justo en el momento en que se abrían las puertas y entraba el frío punzante de la calle. Hace mucho frío hoy en mi ciudad pero creo que la gélida sensación térmica se agravó por en quien estaba pensando.

Es frío, y pincha, se clava.

Vi el corazón de las personas como un sitio donde la gente entra, se refugia del frío en invierno, del calor en verano, del viento en otoño y del polen en primavera (porque la mayoría de las veces entramos en la vida de las personas para refugiarnos) y en un momento dado, cuando conviene, se bajan. Evidentemente no siempre es así. Hay mucha gente que cada día coge el autobús (esto no tiene mucho que ver con el símil que intentaba plantear).

Lo que quiero decir es que entramos, nos sentamos y nos bajamos. Y aunque a veces nos echan nos hemos resguardado de algo que no queríamos y muchas veces hemos tenido un viaje agradable.

Tengo la mala o buena costumbre de no olvidarme de las cosas buenas, no a la primera cosa mala, y no pensaba en echarle de mi autobús. Me acordé de esa persona porque recordaba los ratos en ese mismo autobús, las mañanas soleadas en que había tomado el autobús para disfrutar de Barcelona y de una charla agradable mientras volvía hasta mi casa. Y lo recuerdo con agrado, aunque quizás me esté equivocando y acabe todo como siempre... esta vez sí habrá merecido la pena, seguro que sí.

miércoles, 14 de enero de 2009

Copenhage no está a medio camino.

Querido compañero,

Te escribo la presente porque he de despedirme de ti. Para mí las despedidas nunca son bonitas, las odio, me parecen horribles e inútiles. De las personas que nunca más vas a volver a ver no te despides. No a conciencia.

He de lamentar haber perdido algo mío. Lamento la pérdida de esa parte de mí que se ha desprendido para siempre y no eres tú. Supongo que es parte de mi 'dignidad'. Ya ves, a mí eso siempre me había parecido absurdo y jamás me había sentido humillada. No te preocupes, no es culpa tuya, yo lo he permitido. Tendría que lamentar no haber sido perfecta, pero no lo lamento, me enorgullezco. Soy de esas personas que no soportan a la gente que siempre sonríe, que respeta a todo el mundo y nunca tiene un día más triste que otro. Yo no soy así. Como he dicho muchas veces 'yo es que soy muy sufrida'.
(voy a repetir el verbo 'lamentar' porque yo no me arrepiento de nada, sólo lamento que haya sido así)
Lamento haberme entregado al verano, a los kilómetros y a las distancias. Lamento haber invertido mis posesiones temporales y económicas en algo que no logro entender, en algo que no puedo explicar y en un final de catástrofe donde no me atrevo a dar ni un mísero paso hacia adelante.

Supongo que este es el precio que he de pagar por haber sido tan asquerosamente feliz. Por haber sonreído tantas veces por la calle sin saber el por qué, por haber creído que iba a ser feliz por siempre jamás y por pensar que mi vida era perfecta.
También es el precio del engaño, por haberme tropezado tantas veces. La prueba irrefutable está en todas las veces en que yo le di un significado a una canción y tú otro. Creía que vivíamos en un mundo perfecto y fíjate, tú vives en uno, y yo vivo en otro. Quizás es verdad que la distancia no es algo meramente físico.

Ahora tendría que estar agradecida, supuestamente, por haberme enseñado todo esto y para que no me vuelva a pasar pero sé que no va a ser así. No te estoy agradecida. Pero espero que no me vuelva a pasar nunca más.