miércoles, 21 de enero de 2009

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Hoy me he imaginado el corazón de las personas como un autobús. No sé por qué. Ha sido justo en el momento en que se abrían las puertas y entraba el frío punzante de la calle. Hace mucho frío hoy en mi ciudad pero creo que la gélida sensación térmica se agravó por en quien estaba pensando.

Es frío, y pincha, se clava.

Vi el corazón de las personas como un sitio donde la gente entra, se refugia del frío en invierno, del calor en verano, del viento en otoño y del polen en primavera (porque la mayoría de las veces entramos en la vida de las personas para refugiarnos) y en un momento dado, cuando conviene, se bajan. Evidentemente no siempre es así. Hay mucha gente que cada día coge el autobús (esto no tiene mucho que ver con el símil que intentaba plantear).

Lo que quiero decir es que entramos, nos sentamos y nos bajamos. Y aunque a veces nos echan nos hemos resguardado de algo que no queríamos y muchas veces hemos tenido un viaje agradable.

Tengo la mala o buena costumbre de no olvidarme de las cosas buenas, no a la primera cosa mala, y no pensaba en echarle de mi autobús. Me acordé de esa persona porque recordaba los ratos en ese mismo autobús, las mañanas soleadas en que había tomado el autobús para disfrutar de Barcelona y de una charla agradable mientras volvía hasta mi casa. Y lo recuerdo con agrado, aunque quizás me esté equivocando y acabe todo como siempre... esta vez sí habrá merecido la pena, seguro que sí.

1 comentario:

Jaime dijo...

A veces el autobus es tan necesario
que no controla ni lo que entra ni lo que sale