No voy a escribir sobre la esperanza, porque siempre me ha traído mala suerte.
Una cosa sí que voy a decir... bueno... contaré una historia mejor:
Desde pequeñita he sido una perseguidora incansable de tréboles de 4 hojas y de estrellas fugaces.
En la piscina de mi urbanización, en el césped, justo delante de mi casa y cerca del olivo crecía siempre una 'colonia' de tréboles. Yo, incansable, mientras secaba mi bañador para comer, tumbada en la toalla, buscaba y buscaba entre los tréboles un trébol de cuatro hojas, creía que así el chico que me gustaba me haría caso. A veces agarraba con mis dedos en la base de las hojas de un trébol normal una más y hacía creer a mis amigas (o enemigas) que había encontrado uno. La verdad es que recuerdo que una ocasión encontré uno, lo plastifiqué con celo ancho (sí, así de cutre) le puse alguna parida y lo vendí en una de las típicas paraditas de piedras pintadas, conchas con ojos y pulseras de hilos que montábamos para sacar dinero para comprarnos dráculas, frigopiés o ramonelfarones.
Lo de la estrella fugaz llegó más tarde.
Una noche, sentada en la terraza en una de esas sillas incómodas de plástico blanco, compartiendo confidencias con alguna 'amiga de verano' que ahora mismo no recuerdo vi una estrella fugaz. Fue la primera que vi en mi vida. He visto unas cuantas en mi vida, la verdad es que más de 10 quizás. Pero sólo recuerdo tres.
En esta primera pedí un perrito. Pedí que mis padres me regalaran por Navidad un perrito. Lo pedí por Navidad porque mi cumpleaños ya había pasado así que lo más cercano era Navidad, pero jamás he tenido un perrito.
La segunda que recuerdo fue la noche que cumplí 21 años. Había salido a celebrar mi cumpleaños y ya de madrugada, volviéndome sola a casa, en ese camino tan poco acogedor entre la salida del metro y mi portal vi cómo cruzaba una estrella fugaz y recuerdo que me sentí tremendamente feliz. Era el 7/7/7, mi cumpleaños, y había visto una estrella fugaz. Lo que no recuerdo es qué deseo pedí.
La tercera que recuerdo fue la última que vi, la que conté hace unas cuantas entradas. Recuerdo perfectamente lo que pedí, recuerdo que se lo conté a una persona, sólo a una, cuando pensé que ya no servía de nada, que había hecho mal en pedir eso, y encima confesé el secreto inconfesable en una iglesia, y no en cualquiera, en la de la Virgen del Pilar ¡Acabáramos!
Y el caso es que ahora no puedo seguir contando, porque siempre que hablo de la esperanza me trae mala suerte, ya lo he dicho.
jueves, 25 de diciembre de 2008
domingo, 21 de diciembre de 2008
Juegos de niños
Recuerdo cómo me gustaba corretear del sofá a la habitación, poner aquel disco y empezar a saltar en la cama. Cuando oía cómo se acercaba, me apresuraba a enredar las sábanas con el edredón y la manta y me escondía debajo de aquel bulto, similando que no estaba. Quizás tenía curiosidad por saber cómo era su vida sin mí, qué haría cuando yo no estuviese, pero tampoco contaba con no estar algún día.
Me escurría debajo de las sábanas cuando intentaba averiguar mi posición hasta que era irremediable. Casi siempre acababa haciéndome daño sin querer, como ahora.
Dicen que el amor es cosa de niños y yo, a ratos, lo interpretaba como un juego. He jugado muchas veces a las mentiras, las pruebas 'serias' que yo me inventaba para ver cuánto me quería.
Era divertido que todos esos juegos, escondites y travesuras desembocaran en una más grande, que las sábanas se desenredaran y me enredara con él, encima de ellas. A veces besándole, a veces besando las sábanas y a veces besando al aire... quedando sorprendida al descubrir que los besos en el aire habían aterrizado ya en mí, habían rebotado y habían vuelto a mi cara, a mi cuello o mi pecho.
Recuerdo otro juego, que se llamaba 'la discoteca'. Yo me escondía debajo de las sábanas otra vez pero esta vez jugaba a ser una desconocida - ¿Cómo te llamas?¿Vienes mucho por aquí?... Supongo que no iba tan desencaminada puesto que hay cosas que los niños saben hacer mejor y nunca acabas de conocer a las personas... quizás a veces hay que preguntar más de una vez el nombre de alguien.
Me escurría debajo de las sábanas cuando intentaba averiguar mi posición hasta que era irremediable. Casi siempre acababa haciéndome daño sin querer, como ahora.
Dicen que el amor es cosa de niños y yo, a ratos, lo interpretaba como un juego. He jugado muchas veces a las mentiras, las pruebas 'serias' que yo me inventaba para ver cuánto me quería.
Era divertido que todos esos juegos, escondites y travesuras desembocaran en una más grande, que las sábanas se desenredaran y me enredara con él, encima de ellas. A veces besándole, a veces besando las sábanas y a veces besando al aire... quedando sorprendida al descubrir que los besos en el aire habían aterrizado ya en mí, habían rebotado y habían vuelto a mi cara, a mi cuello o mi pecho.
Recuerdo otro juego, que se llamaba 'la discoteca'. Yo me escondía debajo de las sábanas otra vez pero esta vez jugaba a ser una desconocida - ¿Cómo te llamas?¿Vienes mucho por aquí?... Supongo que no iba tan desencaminada puesto que hay cosas que los niños saben hacer mejor y nunca acabas de conocer a las personas... quizás a veces hay que preguntar más de una vez el nombre de alguien.
lunes, 15 de diciembre de 2008
domingo, 14 de diciembre de 2008
viernes, 12 de diciembre de 2008
Peso molecular de las palabras = X
No sé hasta qué punto uno puede comerse sus palabras.
Debería ser fácil, puesto que cada día las maquillamos, cambiamos, inventamos, falseamos... pero qué difícil es comerse las palabras cuando te salen por la boca.
Ahora mismo las tengo en el estómago y puedo sentirlas. No están en mi cabeza, están en mi estómago, con dos croissants de chocolate. Y me pesan, me pesan mucho. Me pesan hasta el punto de ponerme nerviosa de no poder decirlas, o no querer, o no convenir decirlas.
Ni aun haciendo una escala de prioridades y valores sobre las razones de ser de esas palabras saco conclusiones, dan vueltas en mi estómago y me mareo y quizás, lo peor que podría pasar es vomitarlas inconscientemente.
O lo mejor. ¿Cuántas veces lo peor se convierte en lo mejor? Yo espero que eso, pronto, me ocurra.
Debería ser fácil, puesto que cada día las maquillamos, cambiamos, inventamos, falseamos... pero qué difícil es comerse las palabras cuando te salen por la boca.
Ahora mismo las tengo en el estómago y puedo sentirlas. No están en mi cabeza, están en mi estómago, con dos croissants de chocolate. Y me pesan, me pesan mucho. Me pesan hasta el punto de ponerme nerviosa de no poder decirlas, o no querer, o no convenir decirlas.
Ni aun haciendo una escala de prioridades y valores sobre las razones de ser de esas palabras saco conclusiones, dan vueltas en mi estómago y me mareo y quizás, lo peor que podría pasar es vomitarlas inconscientemente.
O lo mejor. ¿Cuántas veces lo peor se convierte en lo mejor? Yo espero que eso, pronto, me ocurra.
jueves, 11 de diciembre de 2008
martes, 9 de diciembre de 2008
El baúl
Cuando miro hacia atrás no creo que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque ahora mismo sería el mejor momento para pensarlo. Cuando miro hacia atrás, aunque sean imágenes, me sirven para comprender por qué mi vida es como es e incluso puedo percibir cómo puede ser. Y me alienta. Me da ganas de seguir adelante sabiendo que puedo hacer muchas de las cosas que me propongo, que puedo conseguir lo que quiero, o por lo menos, algo que se le parece.
Y parece mentira que sea yo la que me esté diciendo todo esto cuando hay personas que se pasan el día diciéndomelo, pero es que, como el creerse algo por una misma, no hay nada. Aunque cuente con ayudas de valor inestimable.
Y parece mentira que sea yo la que me esté diciendo todo esto cuando hay personas que se pasan el día diciéndomelo, pero es que, como el creerse algo por una misma, no hay nada. Aunque cuente con ayudas de valor inestimable.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Los días a la luz de la luna
Los días se me pasan más rápido así. Qué cosas. Antes se me pasaban lentos, cuando era cuenta atrás, ahora se me pasan volando, ahora que empiezo a contar.
Cada día amanece, tarde para mí, me sociabilizo, me junto con individuos de mi propia especie y mantengo diferentes relaciones: simbiosis, carroñismo, parasitismo... todo depende.
Y cuando me quiero dar cuenta entra la noche, y no me refiero a la oscuridad puesto que en esta época del año oscurece muy pronto. Eso, que cuando me quiero dar cuenta me he perdido la puesta de sol desde mi balcón pero suele valer la pena, porque sé que de este modo me quedan muchas más por ver.
Voy a empezar a pensar que me gusta así, aunque sé que es mentira, pero me gusta así. Me gusta que las noches sean más largas que los días porque así falta menos para el día siguiente y siempre falta menos para ese día del que, poco a poco, gotita a gotita, el grifo se va secando y cada vez me importa menos.
¿Qué importa creer una cosa u otra si no sabes cuál es la realidad? ¿Qué haces? Inventarte noches en lugar de días.
Cada día amanece, tarde para mí, me sociabilizo, me junto con individuos de mi propia especie y mantengo diferentes relaciones: simbiosis, carroñismo, parasitismo... todo depende.
Y cuando me quiero dar cuenta entra la noche, y no me refiero a la oscuridad puesto que en esta época del año oscurece muy pronto. Eso, que cuando me quiero dar cuenta me he perdido la puesta de sol desde mi balcón pero suele valer la pena, porque sé que de este modo me quedan muchas más por ver.
Voy a empezar a pensar que me gusta así, aunque sé que es mentira, pero me gusta así. Me gusta que las noches sean más largas que los días porque así falta menos para el día siguiente y siempre falta menos para ese día del que, poco a poco, gotita a gotita, el grifo se va secando y cada vez me importa menos.
¿Qué importa creer una cosa u otra si no sabes cuál es la realidad? ¿Qué haces? Inventarte noches en lugar de días.
jueves, 4 de diciembre de 2008
El segundo viaje roto, pero el más roto de mi vida.
Me sorprendo.
No alcanzo a entender todavía cómo estoy sentada en mi silla en vez de sobrevolando cualquier pueblecito de España entre Barcelona y Madrid.
Pero la realidad es que estoy aquí, sola en mi casa sin saber llorar siquiera. No es que no tenga ganas, es que ya no puedo, ya no sé si me merece la pena.
Mira, la vida pasa para todo el mundo, todo el mundo la coge, con mayor o menor fuerza, y yo no puedo dejarla escapar. Quizás mi problema es que la he dejado escapar demasiadas veces. O he dejado siempre ir a mi alma antes que mi cuerpo, y quizás me toca ir con ella para ayudarla y no hacerla sufrir más.
Todo esto suena muy transcendental quizás, pero por lo menos ya no me suena desesperado.
No alcanzo a entender todavía cómo estoy sentada en mi silla en vez de sobrevolando cualquier pueblecito de España entre Barcelona y Madrid.
Pero la realidad es que estoy aquí, sola en mi casa sin saber llorar siquiera. No es que no tenga ganas, es que ya no puedo, ya no sé si me merece la pena.
Mira, la vida pasa para todo el mundo, todo el mundo la coge, con mayor o menor fuerza, y yo no puedo dejarla escapar. Quizás mi problema es que la he dejado escapar demasiadas veces. O he dejado siempre ir a mi alma antes que mi cuerpo, y quizás me toca ir con ella para ayudarla y no hacerla sufrir más.
Todo esto suena muy transcendental quizás, pero por lo menos ya no me suena desesperado.
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