jueves, 4 de diciembre de 2008

El segundo viaje roto, pero el más roto de mi vida.

Me sorprendo.
No alcanzo a entender todavía cómo estoy sentada en mi silla en vez de sobrevolando cualquier pueblecito de España entre Barcelona y Madrid.

Pero la realidad es que estoy aquí, sola en mi casa sin saber llorar siquiera. No es que no tenga ganas, es que ya no puedo, ya no sé si me merece la pena.

Mira, la vida pasa para todo el mundo, todo el mundo la coge, con mayor o menor fuerza, y yo no puedo dejarla escapar. Quizás mi problema es que la he dejado escapar demasiadas veces. O he dejado siempre ir a mi alma antes que mi cuerpo, y quizás me toca ir con ella para ayudarla y no hacerla sufrir más.

Todo esto suena muy transcendental quizás, pero por lo menos ya no me suena desesperado.

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