
Estoy sentada sobre un libro abierto.
Me gusta vivir un libro abierto. Estaba cansada de rebuscar en libros que, por breves que fueran me resultaban igual de pesados que buscar una ciudad indeletreable en una extensa enciclopedia, o una planta por su nombre científico, todo tenía que ser más sencillo.
Estoy asentada en un libro abierto. Ya no estoy en una biblioteca. No es esta la Biblioteca de Babel de Borges donde ningún libro tiene sentido. Estoy en mi casa, leyendo un libro ameno, cortito pero lleno de rincones secretos pero descifrables.
Las letras se me juntaban, no podía leer, ni siquiera descansando mi vista por unos instantes.
No es mi libro favorito porque lo haya escrito yo, sino porque está escrito tal y como yo lo hubiera escrito. Adoro este libro y por eso voy a limpiar cada día el polvo que el aire deposite sobre él. Voy a sacar brillo cada día a su portada y a su contraportada. Mantendré rígidas las puntas, evitaré que se doblen. Y sobre todo lo llevaré siempre conmigo.
Foto de Alberto Polo.
Me gusta vivir un libro abierto. Estaba cansada de rebuscar en libros que, por breves que fueran me resultaban igual de pesados que buscar una ciudad indeletreable en una extensa enciclopedia, o una planta por su nombre científico, todo tenía que ser más sencillo.
Estoy asentada en un libro abierto. Ya no estoy en una biblioteca. No es esta la Biblioteca de Babel de Borges donde ningún libro tiene sentido. Estoy en mi casa, leyendo un libro ameno, cortito pero lleno de rincones secretos pero descifrables.
Las letras se me juntaban, no podía leer, ni siquiera descansando mi vista por unos instantes.
No es mi libro favorito porque lo haya escrito yo, sino porque está escrito tal y como yo lo hubiera escrito. Adoro este libro y por eso voy a limpiar cada día el polvo que el aire deposite sobre él. Voy a sacar brillo cada día a su portada y a su contraportada. Mantendré rígidas las puntas, evitaré que se doblen. Y sobre todo lo llevaré siempre conmigo.
Foto de Alberto Polo.